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La felicidad es un trozo de pan difícil de tragar. Tan pronto como está a nuestro alcance, como pordioseros hambreados, lo devoramos de un bocado. Pero no bien intentamos pasarlo, se nos atora en la garganta. La sensación de asfixia pronto se vuelve insoportable. Y como es natural en estos casos, tiramos manotazos a diestra y siniestra. Nos esforzamos por pasarlo, metemos los dedos a la boca tratando de empujar o expulsar la masilla. Sin embargo, ante la desesperación que desorbita los ojos, comprobamos que todo intento resulta inútil. Al final, terminamos sucumbiendo.
Más o menos esa clase de ideas albergaba en la cabeza meses después de que Liliana su fue a vivir a mi casa. Todo fue tan repentino, tan inesperado. Ese martes de julio (cuando ella alteró la quietud de la noche) yo trataba de mitigar el calor de la manera que más me gustaba: colocándome un antifaz de gel congelado en el cuerpo. Estaba echado en el sillón, viendo las noticias de las diez, cuando el ruido del timbre coincidió con el de los comerciales.
Observé su figura deformada por la mirilla de la puerta. La flanqueaba un par de maletas. Con la mano derecha sostenía la jaula con el hurón. No atiné a hacer ningún movimiento. Esperé a que tocara el timbre otra vez. En varias ocasiones nos planteamos la posibilidad de vivir juntos, pero aún no teníamos nada en concreto. Por lo menos eso creía yo. Dudé un momento antes de abrir. Necesitaba un respiro y mi ropa.
Aún iba descalzo y abrochándome el cinturón cuando nuestras miradas coincidieron. De pronto, lo que había soñado estaba a mi alcance: ella frente a mí, con esa sonrisa que más tarde se convertiría en un rasgo de su naturaleza cínica y espabilada.
—Vengo a vivir contigo —dijo, y se adelantó hasta el interior de la casa.
Luego, me extendió la jaula. Nunca pude ocultar mi desagrado por el animal. Muchas veces le pregunté por qué había elegido un hurón como mascota y no un gato, un perro o incluso un hámster como acostumbra la gente. Ella se limitaba a decir que era el único vínculo que mantenía con su padre. Así que desde la muerte de éste, el animal la acompañaba a todas partes.
Liliana había estado en mi casa otras veces. Pero esa fue la primera ocasión que llevaba tanta ropa, incluyendo la de las maletas. Mi desconcierto creció conforme se ponía más y más cómoda. Su mirada brillante escudriñó el techo, las paredes, la duela del piso… A veces fijaba la atención sobre algo y hacía un gesto de aprobación o rechazo. Se quitó el saco y lo aventó al sillón. Después, dirigió su mirada hacia mí, quizá para constatar que el sobresalto aún no desaparecía de mi rostro. Creo que entendí el juego: ignoré el incidente y traté de devolverle la sonrisa lo mejor que pude.
Si bien nuestra relación no estaba afincada en arrumacos o expresiones de cariño, precisamente; tampoco éramos la excepción de la regla. Nuestra relación fue obra de la casualidad, como todas las relaciones. Un día, sin más, Liliana apareció gritando en la agencia de publicidad para la que trabajo. Sorprendió a todo el personal con sus aspavientos y reclamos. Esa morena y su blusa escotada se movían con una seguridad y desenvoltura que daban miedo.
Liliana era portavoz de Juntos por el Planeta, una organización dedicada a la protección del medio ambiente, con cierta presencia e influencia en varios países. Se abrió paso como yegua desbocada. Nada le impidió arrojar sobre mi escritorio una demanda de su organización por la campaña publicitaria que habíamos realizado para un complejo turístico de gran altura. Se presentó extendiendo su tarjeta. En ningún momento la vi flaquear. Traté de disuadirla un poco ofreciéndole algo de beber, pero ella no aceptó. Adujo con molestia que su visita no tardaría más de diez minutos.
Extrajo de su portafolio una carpeta con fotografías, un video y un catálogo de especies que se verían amenazadas en caso de que el complejo se construyera. La dejé terminar. Al final, le dije que esa era una cuestión que debería ver con los dueños del consorcio y no con la agencia en sí. En resumen, su grupo ambientalista nos culpaba de crear mala conciencia en la sociedad. Luego una cosa nos llevó a la otra. Nuestros encuentros se repitieron con frecuencia. Nos hicimos amigos y, más tarde, pareja. Ella con esa mirada desafiante desde el principio. Incluso cuando la besé por primera vez sus ojos me encararon con la misma expresión que llevaba el día que se mudó a mi casa.
Todo había cambiado repentinamente. Mi ritual del antifaz y las noticias había llegado a su fin, tal y como terminaron otras cosas durante los días y meses subsecuentes. Poco a poco, el sueño de un futuro juntos se volvió la pesadilla de una vida en común. Los cuadros dramáticos fueron sucediéndose unos a otros por ambas partes: cabellos en el jabón, pasta dental aplastada de mala manera, toallas equivocadas… Sin embargo, Liliana sabía evadir el tema siempre que la discusión se encaminaba a cuestionar el origen de su repentina decisión.
La cosa también se volvió un asunto personal para mí. Si ella no aceptaba encarar el problema, entonces yo tampoco tenía por qué hacerlo. Aparte, estaba obligado a soportar la presencia del hurón. Nos odiábamos mutuamente. Podía ver en sus ojos que sentía el mismo odio por mí. Veía sus infinitas ganas de saltarme directo al cuello. Detestaba verlo fuera de la jaula. Cuando lo sorprendía deambulando por la casa (y aprovechando la ausencia de Liliana), lo devolvía a su sitio a punta de escobazos y patadas. Chillaba y se defendía como rata cada vez que daba en el blanco. Al final, terminaba sometiéndolo. Y una vez encerrado, lo provocaba aún más sacudiendo la jaula con él dentro.
Para Liliana todo se reducía a una cuestión de celos. Varias veces me dijo que si quería seguir a su lado debería aprender a convivir con el animalejo. Puede que no toda su metralla argumental fuera equivocada. Aunque, para ser franco, no distinguía bien si eran celos o asco lo que en realidad me erizaba los vellos del brazo al verla sobre mi sofá, acariciando a su mascota mientras veía en la televisión documentales sobre la matanza de focas blancas.
Las deferencias eran para el hurón. Lo cuidaba como a un cachorro. Es más, alguna vez me pareció ver en ese rostro animal una expresión sarcástica. Parecía que su intención era dejarme en claro quién gozaba en verdad de la atención. Mientras tanto, a medida que Liliana deterioraba mi intimidad, el hurón parecía hacer lo propio con nuestra relación. Incluso, lo que antes eran sesiones interminables de buen y saludable sexo, ahora se reducía a encuentros furtivos y poco placenteros.
La alimaña aquella se mantenía al tanto de cada movimiento nuestro. Sus ojos rojillos estaban presentes en la mayoría de nuestros actos. Llegué a verlo husmeando a través de la reja cuando Liliana y yo hacíamos el amor. También sabía calcular a qué hora llegaba ella del trabajo. Así, todos los días, diez minutos antes de la hora señalada, el hurón se ponía frenético. Daba vueltas, gruñía en la jaula y no se detenía hasta verse y sentirse libre en el regazo de mi novia. La felicidad tiene sus puntos flacos, tiene alma de jenga: basta con tocar la pieza equivocada para que todo se venga abajo.
Esos meses fueron como las cuentas de un rosario larguísimo: infinitos e irrespirables para ambos. Pero ninguno de los dos bajaba la guardia. Cada uno instalado en su respectivo atalaya, hiriéndonos con indirectas. Iban y venían palabras cáusticas, frases irónicas. Ella y yo como personajes de novela rosa con matices de thriller. Lo peor es que todo esto era real y me estaba sucediendo precisamente a mí.
Pronto descubrí que los insultos no eran más que el entremés. Vinieron entonces las primeras provocaciones, las travesuras de esquizofrénicos. Las cosas empeoraron tras la muerte de dos activistas miembros de la organización. Los había despedazado la hélice del motor de un barco petrolero. Y todo porque ese par de zoquetes se habían sentido con las ínfulas suficientes como para creerse capaces de detener semejante mole sólo con sus sueños, una manta y un bote inflable. Los correos no tardaron en aparecer. El teléfono de la casa sonaba prácticamente las veinticuatro horas del día. Para los activistas era la hecatombe. Recibieron una marejada de titulares, notas de condolencia, firmas de adhesión, exigencias de justicia. Juntos por el Mundo logró que la televisión les diera juego durante una semana. Retransmitieron una y otra vez el momento preciso en que los mártires (como sus compañeros habían dado en llamarlos) volaban por los aires en una explosión roja de huesos, carne y plástico. Hasta ahí la cuestión estaba poco más que aceptable. Lo que vino a joder el asunto fue otra decisión intempestiva de Liliana.
Ese día, desde que llegué del trabajo, noté que algo andaba mal en casa. Afuera, en la calle, las hojas se desprendían de los árboles. Muchas caían sobre varios autos que regularmente no estaban estacionados ahí. Tenían todo el estacionamiento ocupado, incluyendo el de los vecinos. Seguro se trataba de la parvada de neohippies de Juntos por el Mundo, quienes habían venido a visitar a Liliana para darle más noticias acerca de los muertos.
Mi sorpresa fue mayúscula al cruzar la puerta. Todo era un caos. En cada mesa de la casa había una computadora. Hombres y mujeres aporreaban las teclas, bebían agua embotellada y hablaban por celular. Podían hacer las tres cosas al mismo tiempo. Mi casa estaba hecha un búnker ecologista. Pero en este cruel y puto mundo las cosas suelen ser así de mordaces: ellos existen para proteger de la contaminación al medio ambiente, mientras que no existe nada o nadie capaz de protegernos a los demás de gente como ellos.
No lo medité. No. Simplemente actué. Perdí. También hasta hoy caigo en la cuenta de que quizá fue de mala manera. Con furia de mesías en templo, arremetí contra todo lo que estaba a mi alrededor. Volaron cristales, discos duros, esquirlas de plástico y creo que también algunos dientes. En poco tiempo destrocé la sala de mi casa. Quizá lo que quería en el fondo era imponer de nuevo el orden aniquilando lo que antes no estaba, aquello que me resultaba chocante o impostado. Liliana y los demás abandonaron la casa. Corrieron a la calle para ponerse a salvo.
Nada de lo que había en mi camino quedó en pie. Era el momento preciso para acabar de tajo con todo. Así que dirigí mis pasos hacia la jaula del hurón. El animal estaba ahí, impertérrito. Perecía indiferente al descomunal alboroto que momentos antes acababa de armar. Tenía sus ojillos puestos en los míos. Pateé la jaula lo más fuerte que pude y ésta salió volando. Seguí su trayectoria mientras me hacía de un abrecartas para ensartarlo como mariposa en la duela en cuanto saliera huyendo. Pero ni el puntapié ni la fuerza del impacto lograron abrir la jaula. Para mi sorpresa, el hurón seguía en su postura inicial.
No estaba dispuesto a tolerar que ese animal se pusiera altanero conmigo. Menos ahora. A partirhttp://www.jus.com.mx/webjus/wp-admin/post-new.php de este momento yo volvería a mandar en mi casa. Abrí la rejilla con cuidado. Parecía la obra maestra de un taxidermista. Sus ojillos rojos no dejaban de observarme. El hurón permaneció quieto, sin realizar ningún movimiento para huir o evitarme. Al contrario, se dejó tomar entre mis manos con una disposición casi obscena. Le rodeé el cuello y apreté. Supongo que quería sofocarlo o romperle la traquea o algo parecido. Todo ese lapso, el hurón mantuvo su mirada fija en mí. Esos ojos color sangre. Los mismos en los que alcancé a ver vagamente el reflejo de Liliana a mis espaldas, blandiendo un enorme jarrón de cristal cortado para luego descargar sobre mi cabeza un golpe seco que volvió mi entorno negro. Yo ya no pude verlos; pero lo más probable es ambos hayan sonreído uno con el otro.
El hurón había triunfado. Subestimar a un oponente es un error que se paga caro. Legítima defensa… Debí suponerlo. Todo estaba calculado a la perfección. Ahora lo sé. El padre de Liliana siempre estuvo vivo y disfrutando de su libertad, mientras yo soporto ahora el calor y el encierro. Seguramente, ella también vive a gusto en mi casa, con su mascota, por supuesto. Sin embargo, estoy convencido que si algo positivo queda luego de nuestras peores trastadas es una enseñanza. De ahí que no sea tan descabellada mi idea mi idea de ir a buscarlos cuando salga de aquí. Quizá en unos años tenga la oportunidad de poner en práctica lo aprendido. O tal vez me dedique también a buscar un refugio como el que ahora tiene el hurón.
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Información obtenida del libro: |
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