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Diversos tipos de relaciones sociales entre individuos coexisten en la ciudad. El intercambio efectuado entre las personas ocurre dentro de los parámetros establecidos y que se reproducen en la vida cotidiana; reglas de comportamiento las cuales se siguen al interior de espacios laborales, educativos, de entretenimiento y de ocio, etc., que predisponen la conducta de quienes participan en ellos.

La naturaleza de la ciudad no sólo expresa los mecanismos de coerción y cohesión social, también manifiesta las contradicciones que surgen en las relaciones que establecen grupos e individuos; conflictos culturales, laborales, vecinales, por mencionar algunos, permiten ver el posicionamiento de quienes participan, lo que permite identificar su ubicación dentro del espacio social.(1) Para Robert E. Park, (1864-1944), teórico de la Escuela de Chicago, la ciudad es el lugar donde se aprecian todos los tipos de comportamiento de la especie humana, de lo general a lo particular o viceversa, y encuentran un nicho adecuado para su reproducción en la movilidad de la urbe.

La ciudad que surge como un polo de atracción propicia que haya una diversificación entre los habitantes que va más allá de una dicotomía de clases sociales. La población se puede dividir por grupos de edad, origen étnico, niveles socioeconómicos, niveles educativos, por actividades laborales, etc. La heterogeneidad de las urbes se debe a condicionamientos económicos, académicos, culturales, los que se insertan en una movilidad con un orden establecido en la ciudad.
Park observó que la dinámica urbana, junto a la gran diversidad presente en ella ocasionaba desórdenes psicológicos a nivel individual en la población, lo que podía atentar contra el orden social establecido. El problema para Park se originaba en el encuentro de fuerzas disimbólicas(2), es decir, por la construcción de prácticas y elementos culturales entre grupos sociales; la correspondencia entre los mismos se volvía escasa, lo que propiciaba conflictos entre los diferentes grupos de población.

La construcción de relaciones sociales entre los individuos, que deriven en la conformación de grupos perfectamente identificables ocurre en circunstancias y en espacios diferenciados. Instituciones sociales como las escuelas o trabajos juegan un papel importante en las construcciones de los grupos, pero es en la vida diaria cuando ocurre el mayor intercambio simbólico entre individuos, lo que permite su incorporación de acuerdo a estilos de vida, gustos, prácticas similares que crean y afirman una identidad grupal particular.
El grupo o la categoría social de los jóvenes tienen gran importancia desde las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Movimientos de gran trascendencia con participación juvenil en muchos países tuvieron lugar durante la década de los sesenta del siglo pasado. Desde protestas estudiantiles hasta movimientos denominados contraculturales, fueron protagonizados por organizaciones juveniles que dieron origen posteriormente a nuevas expresiones en terrenos artísticos como la música, la fotografía, la escritura, cuyo legado aún es perceptible en la actualidad.
En México existen hoy 36 millones 174 mil 976 personas que tienen entre 12 y 29 años. La ciudad de México tiene una población de 2 millones 666 mil 494 jóvenes, lo que representa el 7.37% de la población total(3).
(1) El concepto de espacio social es tomado del sociólogo Pierre Bourdieu. En él, los agentes se posicionan de acuerdo a la “función” que desempeñan dentro del espacio, dicho de otra manera, el valor de la posición se mide por la distancia existente entre otras posiciones, ya sean superiores o inferiores. Para un mayor nivel de análisis se recomiendan: Pierre Bourdieu, La distinción: Criterios y Bases sociales del gusto, Taurus. Madrid, 1998. Pierre Bourdieu, El sentido práctico, Taurus. Madrid, 1993.
(2) Jose Luis Lezama, Teoría social, espacio y ciudad, El Colegio de México. México, 2002. pp. 188