|
|
III
Isla de Mezcala
Amanece. Hacia el este se extiende una anaranjada franja de luz. Una escolta militar llega por fin al pueblo de Tlalchichilco, en las orillas del Lago de Chapala. Han traído en cuerda, maniatados y caminando desde Guadalajara, a seis reos. Son delincuentes considerados de alta peligrosidad, por eso se les trasladó de noche, sin que nadie lo notara, evitando los caminos trazados y tomando veredas insinuadas apenas en el zacatal. Oficiales y soldados detienen sus caballos y se apean para desamarrar a los prisioneros, que apenas tienen tiempo de frotarse las muñecas amoratadas por la opresión de las ligaduras y abrir y cerrar las manos para desentumirlas.
Con trozos de cuerda vuelven a atarlos ahora en grupos de tres y los conducen hacia los dos lanchones que los aguardan. Tres reos y tres militares suben a cada embarcación. Los maniatados se acuclillan mientras los otros se sientan aferrando el mosquete. La escolta que queda en tierra se despide y los lancheros, acostumbrados al espectáculo, reman silenciosos hacia la Isla de Mezcala. Brota del Lago de Chapala un vapor tibio que se convierte en ligera niebla. Manuel lleva los ojos fijos en la línea de luz que ahora se ha tornado amarillenta. Lo conducen a una cárcel para presos peligrosos de Jalisco, Colima y Michoacán, sin que entienda por qué. Se pierde en cavilaciones mientras escucha el chapoteo rítmico con que los remos desplazan el agua.
Tras hora y media de viaje arriban a la isla penitenciaria. Al bajarlos, forman los cuidadores una sola cuerda de presos que avanza. Mezcala: isla de origen volcánico constituida por piedra negra y rodeada completamente por pétreas murallas. Caminan los reos hacia la Casa Real en que habrán de registrarlos. Un foso con agua separa a los recién llegados del sólido edificio. Hasta que tienden un puente levadizo pueden pasar a un patio cuadrangular y totalmente empedrado. El sol pega de lleno y los presos buscan la sombra del único árbol mientras sus guardias realizan los trámites de admisión. “En la cuerda del mes, se recibió a un reo llamado Manuel Lozada, de veintiún años de edad, nacido el veintidós de septiembre de 1828. Originario del pueblo de San Luis, perteneciente a Tepic, ciudad principal del Séptimo Cantón de Jalisco. Fue confinado a los galerones. Cumplirá una sentencia de dos años de trabajos forzados. Isla del Presidio de Mezcala, 1849”.
Los convictos son conducidos ahora hacia unos galerones que se encuentran en la punta sur de la isla. Manuel Lozada no deja de ver a la multitud de presos que arrastrando el grillete prendido al tobillo, realizan trabajos forzados. Se cimbran los cuerpos mientras estrellan los mazos contra la piedra intentando romperla. Sudan las frentes cuando cargan los fragmentos y avanzan rengueando debido al lastre que los limita. Agitados, apilan la carga en sitios en que se levantarán nuevos edificios de la prisión. Látigo en mano, los capataces los apresuran.
Otro foso con agua, otro puente levadizo que les permite llegar a dos galerones largos, angostos y abovedados, que simulan enormes serpientes tendidas al sol. Los reciben los médicos de un improvisado hospital, verifican su estado de salud y luego abren las rejas que los separan de uno de los túneles oscuros, altísimos, de aire enrarecido donde compartirán el cautiverio con los reos que sudan afuera. Un picante olor a orines y sudor les da la bienvenida. Sin hablar, Manuel Lozada, va hasta el fondo del galerón, coloca en el suelo el jergón que le dieron por cobija y en él se tiende. Mira las gruesas y altas paredes de piedra maciza, rematadas por una bóveda que corre a todo lo largo. Muy arriba, casi en el techo, descubre unas mirillas circulares por las que apenas entra la claridad del día. Se ha enterado de que en la isla también se realizan trabajos de curtido de pieles. Considera que sería una suerte que lo colocaran en la tenería. Entrecierra los ojos. Afuera, el sol seguramente reverbera sobre las aguas.
Al día siguiente lo incorporan al trabajo. Mientras rompe grandes piedras a golpe de mazo, ve de reojo las garzas, gaviotas y patos que revolotean, juegan y se posan en la muralla de piedra que sobresale del agua. Tres, tienen tres cercas rodiando todo. Una está debajo del agua, otra al ras y la otra se mira allá arriba. De aquí ni quién se huya, piensa.
Hay días en que llueve a las cuatro de la madrugada, hora en que los presos son sacados de los galerones para iniciar el trabajo, y llovizna hasta la tarde, haciendo más difícil arrastrar el grillete entre lodazales. Otros en que el sol quisiera derretir las piedras que queman las manos de quienes las apilan. Al atardecer, el aire que forma pequeñas ondas en el lago, llega para enfriar espaldas desnudas y tras él acuden ejércitos de mosquitos por su ración de sangre. Por los galerones se pasean humedad, paludismo y tuberculosis. A más de un año de su ingreso, Manuel Lozada no sabe si cuesta menos esfuerzo trabajar entre la lluvia o bajo el sol.
Noche cerrada. Casi doscientos reos se hacinan a lo largo del galerón. Entre los compañeros de Lozada hay un viejo consumido por el paludismo que en cuanto oscurece empieza a sufrir de fiebres y escalofríos. Otro, más viejo aún, flaco y sin dientes, ríe todo el tiempo porque ha olvidado los motivos que lo llevaron ahí. Hay también un costeño picado de viruela, hosco en el trato. En un rincón tose un joven tuberculoso que lleva días acostado, lo libraron del trabajo en la tenería y lo sacaron del hospital porque está a punto de morir. Un tuerto, uno muy moreno llamado Rodrigo González, al que conocen como el prieto, y un hombretón alto, fornido y moreno llamado Domingo Nava se han convertido en sus amigos. Al fondo del galerón arden olotes de maíz empapados en petróleo iluminando el pequeño círculo en que charlan. Las llamas y el humo mantienen a raya a moscos y jejenes. Manuel Lozada eleva la vista y la deja correr por la pared, como si contara los seis pequeños respiraderos que hay a todo lo largo y que apenas permiten llevar aire a los pulmones.
—Deja en paz tus pensamientos, Manuel, ¿qué negocias con eso? —aconseja Domingo Nava. Manuel lo mira a los ojos grandes y un poco saltones. La cara larga lo mismo que la boca y la nariz, junto con el negro bigote, le dan un tono solemne.
—Seguro tás pensando en el Mariles… —intenta adivinar el cacarizo.
—En ese cabrón pienso. Me sostengo en que no se me olvide su cara, casi lo miro aquí enfrente y lo escupo…
—¿Entoavía… crés… que lo vas… a matar…? —pregunta el tísico desde su rincón.
—Toy resuelto, pero antes lo dejaré berrear como becerro destetado.
El enfermo sufre un acceso de tos y empieza a vomitar sangre. Los presos se acercan a ayudarlo. No llaman a los guardias porque saben que no vendrán. Logran calmarlo y cierra los ojos. En el ambiente se esparce un olor a jugos ácidos.
—¡Ay Manuel!, nomás para venganzas tienes cabeza —critica Domingo Nava.
—Las bilis se revuelven con mis ideas, a cada rato me juro que en cuanto salga busco al Mariles. Hasta he ideado tres modos de acabarlo.
—¿Cómo lo piensas acabar ora? —pregunta el viejo desdentado al que le hacen gracia las ideas vengativas del muchacho, que a los veintiún años aparenta menos edad.
—Aplicándole la muerte del carcañal.
—¿Cómo mero es esa? —se apresura a preguntar el Prieto Rodrigo González.
Sólo con imaginarla, a Lozada le aflora una sonrisa cruel que le empequeñece los ojos. Lanza un escupitajo que le destensa el rostro y explica:
—Tan luego como lo agarre, me ocupo en abujerarle los carcañales, le meto una soga entre talón y chamorro y aviento las puntas al brazo de un encino pa colgarlo patas parriba.
—¡Eso mero, déjalo allí, torciéndose! —propone el cacarizo mientras le da una larga chupada a su cigarro de hoja.
—No… abajo le voy a hacer una lumbrada.
—¿Y eso? pa qué chingados…
—Pa que se hogue con la humadera. Se hace muy necesario que sufra —aclara Lozada.
—¡Se mira bueno el asunto! —exclama el desdentado.
Vuelan las cucarachas junto a los olotes y caen sobre la lumbrada. Crujen mientras se achicharran.
Lozada observa a sus amigos, le parece escuchar un tono burlón en sus comentarios. ¿Deveras no crén que Mariles vaya a morir en mis manos?, piensa. Necesita preguntar por qué dudan de sus propósitos, pero decide que es mejor hablar sobre las formas en que ha pensado matar a su enemigo.
—Pero ya idié una más mejor… figúrense que lo tasajeo del pecho y del lomo pa arrancarle una tira ancha de cuero.
Larga, aguantadora, pa poderlo colgar con ella y no gastar en sogas. Que esté campaneando de un encino, entre chorros de sangre, muriéndose a puros alaridos.
—¡Esa!, ¡esa tá rete buena! —comenta tembloroso el de las fiebres palúdicas.
—No tanteo que una tira de cuero aguante el cuerpo de alguno —observa el cacarizo.
—¡Tiene que aguantarlo! —exclama Lozada, molesto de que lo cuestionen.
—Nada se pierde con probar —aclara Domingo Nava, alentándolo.
—¡A ver cómo miran esta —continúa Lozada con entusiasmo— le arranco el cuero de las patas y lo llevo andando en lo espinudo de la sierra, hasta los barrancales. Allí lo voy empujando dequedito con una lanza, acercándolo a la orilla, hasta que solito se aviente, de tan alto, que ni se oiga ruido cuando se desbarate en el pedrerío.
—Se te va a morir desangrado en el camino —advierte el cacarizo.
—No mucha gente está capaz de aguantar esos castigos —razona Domingo Nava.
—Me gustó más la de las sogas de cuero… Eres rete idiático, muchacho, lástima que lo que quieres no se te vaya a dar.
—¡Quién lo dice! —reta Lozada.
—¿No miras que ese hombre anda cuidado por su gente? —observa el Prieto Rodrigo.
El tuberculoso sufre otro acceso de tos. Los hombres guardan silencio y lo miran, alguno se le acerca y le ofrece un poco de agua, otro le limpia el sudor de la frente. Hasta que se recupera, puede reanudarse la conversación.
—Trais prisa, tás que no se te coce el pan por desquitarte, ójala y lo logres.
Manuel escupe en el suelo, el sólo pensamiento de que su venganza no sea posible, lo hace reaccionar con furia.
—Nomás de pensar que chicotió a mi amá, me hirve la cabeza. ¡Ganas de hacerle frente ora mismo!
—Pero tu amá ya se compuso. Te avisaron que está buenisana.
—Nada le hace, ése me las paga.
—También dijiste que por él tuviste que dejar a Doloritas y huir entre el monte…
—Ya párale Prieto Rodrigo, no empieces… ¿Pa qué le acuerdas eso, pues?
—Estoy conforme que desquites lo que le hizo a tu amá, pero olvídate de la muchacha. ¿No aquel preso que hace meses llegó de Tepí, te dijo que a Doloritas la van a casar con uno que se la va a llevar bien lejos?
—Será a las juerzas…
—Como sea, se la llevan y no sabes ni pa ónde
—Nada negocio con buscarla… ya no me interesa ella —asegura levantando el rostro.
—Eso cuentas, Manuel, pero sabrá Dios…
—Recuérdate que a onde el corazón se inclina, el pie camina.
—Es de veras… —dice, y él mismo se sorprende al darse cuenta de que es cierto. Ya no le interesa tanto la muchacha ni lo desvela el ardor y la ansiedad que le provocaba recordarla. La evocación de las suaves y tibias manos con que lo acariciaba Doloritas se está desvaneciendo. Ahora, antes de dormir piensa en el estallido de un látigo sobre la espalda de su madre, en los verdugones que al impacto surgen como rojos gusanos. El coraje acumulado crece. Recuerda su pueblo, su gente, la prepotencia del hacendado, la angustia que ensombrecía las tardes de reunión en que sólo se hablaba de defender las tierras de la comunidad. Él no merecía los golpes ni la cárcel, ¿desde cuándo querer a una mujer es delito? Piensa en el desprecio con que lo miraba la viuda.
—Esa ricachona también me la debe…
—Trais muchos odios bulléndote, muchacho —advierte el desdentado.
Manuel calla, está verdaderamente sorprendido de que Doloritas no le importe tanto. El amor va desapareciendo ante la necesidad de vengar afrentas. ¿Para qué le serviría una mujer mientras él busca a Mariles? Para nada, una mujer sería un estorbo, algo que lo iría frenando y él no quiere que nada lo detenga o lo distraiga. Ya se puede ir Doloritas con quien quiera porque él no piensa buscarla. Una ansiedad lo colma y lo desespera: necesita encontrar a Mariles, matarlo, revivirlo para volverlo a matar muchas veces, hasta sentir tranquilo el corazón. Piensa que tiene que esperarse hasta cumplir una condena, cuando quisiera escaparse y correr hasta encontrarlo.
—Algún día tengo que topármelo…
—Hablas solo, Manuel. Ni tú mismo has de saber qué quieres —comenta Domingo Nava.
Lozada lo mira con rabia. ¿Quién cree que es para adivinar sentimientos?
—En cuanto salga, topo al Mariles y lo mato, aunque me acaben allí mero —responde.
—¿Por qué te han de acabar? Métete a una gavilla y hazle rostro.
—Dice bien el cacarizo, Manuel, hazte fuerte antes de enfrentar tu enemigo.
—Lo matan y se van juidos a la sierra, a ver quién los busca por allá.
Lozada no había pensado esta posibilidad, estaba dispuesto a enfrentarlo solo, a morir con tal de matar. Se siente fortalecido por los consejos de sus compañeros. Meterse en una gavilla ¡sí!, los gavilleros se hacen fácilmente de fortuna, imponen su ley a ricos y pobres. Hay tantos en la región, que nueve o diez forajidos más no se notarán. Quiere ser bandolero, salteador, asesino, todo menos peón de hacienda y agachar la cabeza frente al patrón.
—Mira, Manuel, muchos vamos a salir en libertá casi al mismo tiempo. Formamos la gavilla y yo me quedo de jefe porque soy el más mañoso. Te ayudamos a que te desquites del Mariles, luego nos ponemos a robar y matar al que se deje —propone Rodrigo González.
Lozada sonríe, le gusta la idea de integrar una gavilla. No está muy de acuerdo en que Rodrigo González sea el jefe, pero por algo se tiene que empezar.
México vive años convulsos en que por desórdenes políticos y carencias económicas, pululan los asaltos y los salteadores. Parecieran formas de mostrarse en desacuerdo ante un gobierno incapaz de satisfacer las necesidades primordiales del pueblo. País de unos cuantos millonarios e infinidad de pobres. En cualquier camino surgen los que con mosquetes, cuchillos o garrotes amenazan a arrieros, comerciantes o pasajeros de las diligencias, para despojarlos de sus riquezas. Viajar significa un riesgo y asaltar en gavilla equivale a lograr una mejor forma de ganarse la vida o la muerte.
—Les estoy reconocido por sus consejos. Con arreglo a las leyes, ni yo ni muchos de ustedes debíamos estar aquí. Los hacendados y ricachones se cobran caros los frijoles talludos y las gordas que nos avientan pa tragar, como si fuéramos perros, pero tanto le hacen al buey, que un día embiste. Soy conforme de que me hago gavillero, soy conforme de que el Prieto González se quede como jefe. ¡Que se cuiden los que nos la deben!
Una tos seca suspende la conversación. El muchacho tuberculoso intenta sentarse, tensa los músculos, se arquea y vomita rojizos coágulos que ruedan por su pecho. Todos se aproximan, uno acerca un olote encendido para mirar su rostro. Son muchas manos las que le friccionan la espalda y los hombros, le limpian el sudor, la nariz y la boca; son muchas palabras las que lo alientan. El joven se retuerce en el jergón, aferra unos brazos, intenta incorporarse, levantar la cabeza hacia las mirillas para tomar el aire que no alcanza a llegar hasta su nariz y su boca abierta. Lo ayudan a levantarse, apenas lo sostienen sus piernas enflaquecidas cuando abre desmesuradamente la boca, respira agitado y se deja caer. Lo regresan al jergón para que se apague de a poquito, como los olotes empapados en petróleo.
Nadie duerme. Los reclusos se preparan a velar a su muerto.
Hola. Soy jalisciense, viví en Tepic. El tema me es propio y su tiempo cercano cuando Nayarit era Jalisco. He enviado a Udes. otros correos pidiendo con quien contactarme para unos originales de mi autoría. Ojalá que este escrito llegue a tierra fértil en la editorial.
Es un cuento muy bonito ,también es muy importante que niños de nuestra edad , lo escriban.
Era un cuento muy muy fantastico.
se ve que es un excelente libro, se queda uno picado con ese inicio, sobre tigre de alica o atica, no tengo libro a la mano para berificar.
Pero habra que buscar el libro