EL NARCO DESDE ABAJO

 

Federico Campbell

Malayerba, de Javier Valdez Cárdenas

Como es natural y lógico los escritores mexicanos periodistas, novelistas, dramaturgos, poeta están dando cuenta de la época que les tocó vivir. No han podido ni podrían evitarlo: la violencia es el contexto o el telón de fondo en el que discurren sus dramas, crónicas, aventuras, juegos con la vida o con su final definitivo.

Malayerba, de Javier Valdez Cárdenas es un libro escrito a mano: entrañable y compuesto con el dedo del corazón que desciende por todo el brazo hasta cada una de las letras del teclado Querty. A lo largo de sus páginas comparecen en una sola crónica, distribuida en episodios aparentemente inconexos, criaturas de la realidad que se desdoblan en personajes o quieren perderse, con otros nombres y en otros lugares, en el tejido de la literatura. Desaparecen sus nombres pero queda su alma. Una joven se enamora y se va del pueblo, se extravía durante años, y vuelve transformada y viuda. La vida va muy de prisa y las oportunidades no son acumulables: o se toman o se dejan ir. La perspectiva del futuro inmediato en el ámbito laboral no sólo es incierta: es seguramente improbable y el trabajo agrícola se asume como cualquier otro empleo, tan a la mano como el de empaquetar ladrillos o poner un arma en funcionamiento. Es un trabajo. Es un oficio. Es para ir sobreviviendo de un día a otro en un país que no puede ofrecer a sus jóvenes seguridad en el empleo ni escuela porque la educación superior sigue siendo un privilegio de las clases medias.

Prevalece una fantasía de pensamiento mágico: me meto y luego me retiro. En cuanto saque para un ciclo agrícola lo dejo. Y no siempre se calcula bien el peligro. Viene la experiencia de la adrenalina que promueve, erotizante, el desafío a la autoridad y a la muerte. Antes de un año el hombre que quiso correr el riesgo está muerto. Se trata de la fantasía del pobre, el anhelo del pobre de tener lo que tiene el rico y ve en la televisión. Para él es un empleo, como cualquier otro.

En este mundo del Noroeste, que comprende de Sinaloa hasta Baja California pasando por Sonora (y que bien se podría denominar Tijuacán), se viven infinitas y estremecedoras historias. Lo único que se necesita es que salga el escritor a buscarlas. Sin embargo, no pocas veces, las historias llegan solas, en boca de sus protagonistas o en forma de corridos clandestinos.

Malayerba da cuenta involuntariamente de los efectos que el fenómeno del narcotráfico ha tenido en el imaginario colectivo de un pueblo sinaloense o sonorense (o tijuanense). Dentro de las costumbres tradicionales y la moral ambiente que se han ido modificando en los últimos treinta años de una generación a otra lo que se intuye de manera concreta son los cambios en las relaciones laborales, entre patrón y empleados, pero también la dinámica interna del grupo familiar. A muchos solía preocuparles antes, en aras de la vieja moral ranchera, que un joven involucrado en trabajos ilegales pretendiera casarse con la hija de un jefe de familia. A la vuelta de dos décadas está circunstancia se acepta con toda naturalidad por los demás miembros de la familia.

Los personajes de las crónicas cuentan cómo se comportó una cierta señora en su búsqueda de un hombre que la mantuviera, cómo una reina de la belleza compite y gane o no gane trastoca su vida por un destino menos tedioso y emocionante al ausentarse, al desaparecer sin avisar nadie del pueblo, cómo un policía cambió de bando, etcétera.

marihuana

¿Se acepta este nuevo modo de vida como una actividad legítima? ¿Qué posición ocupan las personas dedicadas a este furtivo negocio en la estructura social local? ¿Merecen el repudio público o hay una tácita aceptación? No existe un modelo sencillo que explique la relación de la sociedad con al trasiego de sustancias ilegales. Lo importante es entender la mentalidad del pueblo que le da cobijo, la historia que en ciertas regiones de la sierra hacen de ciertos cultivos y de su comercialización una segunda naturaleza del sinaloense. La moral ranchera tradicional choca con la nueva moral al sopesar las relaciones que se establecen con el dinero y los bienes de consumo o los simbolismos que se atribuyen al riesgo, la violencia y la muerte. Las historias de beisbol, las carreras de caballos, las peleas de gallos, la participación de lo partidos políticos, implican una nueva manera de vivir, una nueva composición social, distinta a la de las generaciones anteriores. Los grupos delictivos que viven al margen de la ley y en zonas donde ya no está presente el Estad no son impermeables ni están divorciados de las sociedades que los albergan. Todo mundo está metido en el ajo. Desde el jornalero más humilde hasta los representantes del Estado.

No es difícil imaginar los cambios que se han producido como consecuencia de la economía criminal en la moral ambiente, a ras del suelo, lejos de los valores y la mentalidad que priva allá arriba en las esferas gubernamentales, en las relaciones comerciales y amorosas.

Natalia Mendoza, autora de Conversaciones con el desierto (ediciones del Cide en México DF) ha estudiado este cambio de mentalidad, esta recepción inconsciente de creencias y fantasías que se desprenden de la nueva cultura criminal y de sus efectos en las comunidades rurales. Ninguna población del mundo, por alejada que esté, puede sustraerse a las consecuencias que tiene el imperio global del crimen. Se entra en la era de la criminalidad o en la edad del crimen aunque uno viva en la cumbre de un cerro o en medio del desierto. Nunca antes en la historia había tenido tanto poder ni tanta beligerancia la organización criminal, en buena parte porque los adelantes tecnológicos que eran antes un secreto militar ahora ayudan a su logística.
A pesar de que en muchos pueblos prevalece la vieja moral ranchera de la tradición cívica, la etnógrafa Natalia Mendoza estima que el narcotráfico como contracultura (los narcocorridos, la violencia, el machismo) es un fenómeno relativamente marginal. Un cambio importante es el paulatino divorcio entre el esfuerzo y el mérito que era uno de los pilares de la sociedad ranchera, una progresiva devaluación del esfuerzo físico.
Ahora ya no encuentras quién te limpie el corral o te arregle un cerco. Prefieren aventarse tras días burreando y ganar lo de un mes.

¿Está mal?

Para nada, es un trabajo como cualquier otro. Tiene sus riesgos, no es tan fácil, no matas a nadie. Que lo vean mal es otra cosa. Pero dinero fácil dinero fácil pura madre. Es una pinche putiza.

Y en estas regiones, donde la nueva moral tiene su asiento y sus cambios, lo que se siente es una ausencia del Estado. Hay Estado, dicen los teóricos de las escuelas de derecho. Pero el Estado no está.

En los relatos que pueblan y hacen vivir las páginas de Malayerba la percepción que se tiene del traficante entre la clases medias y en los medios políticos no es la misma que se vive en los estratos más bajos de la sociedad en las clases subordinadas, diría Gramsci, en el imaginario colectivo más recóndito riquísimo en fantasías e historias donde triunfa el mito y se disuelve en la historia oral que cuentan los ancianos del pueblo y los trovadores.

Hay una especie de resguardo natural como en los pueblos de Sicilia donde no se confía en la administración de la justicia formal de origen borbónico en contra del Estado y sus representantes. Es normal que el distribuidor en cierto barrio, o en determinado pueblo, sea protegido por los mismos habitantes, incluso por quienes pudieran estar en desacuerdo con su actividad en la comunidad. A ese personaje se le pueden acercar para pedirle ayuda.

Pero en Malayerba el autor, Javier Valdez Cárdenas, no quiere ponerse teórico. Deja hablar a sus personajes. Rescata su habla, respeta las cadencias de su oralidad que no es sino un reflejo del flujo de su pensamiento. Aquí está, en este discurso espontáneo y popular, inocente tal vez, la otra cara de la historia, el otro lado de la Luna, la antítesis de una versión gubernamental forjada por policías, abogados, políticos, académicos y periodistas.

En ese mundo inconcebible para la clase afortunada el anecdotario abunda en historias que cuentan cómo se establecen las conexiones y se corre la aventura, cómo la ven, cómo la viven los muchachos que se mueren de la risa y se burlan de todo el mundo: de la policía, del ejército, del gobierno, de los gringos, de la Border Patrol. La cárcel es un hotel de lujo. No hay vergüenza carcelaria. Se alimentan bien. Aprenden inglés o algún oficio. Se hacen zapateros, electricistas, carpinteros, mecánicos.

Allá está el Cesarón Montoya en la Tuna, Arizona. Está muy contento. Ya fueron a verlo. Está muy gordo, Pidió tortillas de harina el cabrón vaquetón. Está aprendiendo técnico en refrigeración, dicen las viejas del pueblo. Pasan por el pueblo, por la báscula social y no hay fijón: no hay discriminación, no hay desprecio, no hay marginación social como se margina a un ladrón o a una puta. No la hay cuando caen en una prisión mexicana, menos la hay si terminan en una prisión gabacha.

Allá está el muchacho, dicen la mamá o la tía o la hermana. ¡Ay qué bueno, voy a descansar unos meses. De perdida sé dónde está el cabrón. Así dicen. Ya no voy a andar con el Jesús en la boca, de que me lo vayan a matar un día en la zona. Qué bueno, qué bueno que está en el bote. Que allá se esté quieto una temporada. Y ya se queda la mamá muy tranquila.

Malayerba alcanza a describir un mundo siniestro, deprimente y estremecedor, pero no exento de un sentido del humor a través del cual sale la casta de los personajes. La ironía, el apego a la vida, la ausencia de amargura.

La verdad no puede desprenderse de esa alharaca cotidiana que montan todas las noches en los medios audiovisuales los nuevos guías espirituales de la nación: los locutores estupendamente bien remunerados por sus empresas.

La verdad sólo puede encontrar su refugio en el libro libremente realizado, en un periodismo novelado que, aun sin emplear nombres propios de personajes reconocibles en el teatro de nuestra criminalidad, aproveche la densidad de las trescientas páginas y todos los recursos de la narrativa literaria, para aspirar a una verdad más profunda y no a alcahuetear la verdad sucia de los policías, los abogados y los jueces.

Un libro como Malayerba es un sistema de relaciones y puede escapar a la superficialidad propia de los noticieros y a la rapidez y la brevedad de los cables noticiosos. Puede conjurar la transitoriedad de los hechos y procurar una permanencia que no tiene el periódico que se tira a la basura y se olvida al día siguiente.

En Malayerba hablan los vivos y los muertos. Pero dentro de cien años sobrevivirán las voces y se seguirán escuchando, casi como una prueba de laboratorio del imaginario colectivo.

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